Un espacio para un difícil encuentro

El espacio es una pequeña sala con tres sillones colocados en forma triangular, poco mobiliario a su alrededor y una decoración más bien austera.

El encuentro, una reunión entre tres personas, una pareja que afronta un difícil proceso de desvinculación y otra, un profesional totalmente desconocido para ellos que va a intentar ayudarles a trazar un recorrido, aquel que les permita llegar a un entendimiento con respecto a la forma de cerrar una puerta, la de su relación de pareja,  y abrir otra, la de una nueva forma de relacionarse con respecto al principal y en ocasiones único interés que les queda en común, sus hijos.

Este es el escenario habitual en el que se produce el inicio de una mediación familiar cuando esta se aplica directamente a la gestión de los conflictos derivados de la ruptura de una relación de pareja. Un ambiente impregnado, por lo general, de la tonalidad emocional que acompaña a las despedidas y de la complejidad en lo personal que supone una reorganización familiar, en cuanto significa inevitablemente el establecimiento de una nueva vida que deja atrás años de convivencia, ilusiones y planes de un futuro en común.

Sin embargo, la realidad de la vida muchas veces nos enseña que todo principio siempre viene acompañado de un final. Por ello, es bueno tener en cuenta que si éste llega antes de lo esperado, la forma en la que seamos capaces de cerrar esa etapa de nuestra vida va a marcar, de una forma u otra, el devenir de nuestro futuro más inmediato y el de todas aquellas otras personas que aún seguirán siendo importantes en nuestras vidas.

Es, en ese momento, cuando la manera de decir adiós cobra una vital importancia, sobre todo si los intereses que se tienen en común van a seguir acompañándonos e interesándonos por igual durante todos esos largos años que nos quedan de existencia. Componiendo,los problemas de nuestros hijos, una parte importante del repertorio de nuestras preocupaciones, incluso después de que todo entre nosotros haya terminado. Demandando, en ocasiones, respuestas conjuntas que permitan seguir ejerciendo una influencia educativa eficaz en su desarrollo. Esa es la tarea parental que queda por desarrollar a todos aquellos que han decidido romper su relación de pareja teniendo unos hijos en común.

Algunos consiguen con esfuerzo discriminar entre ambas dimensiones, logrando diferenciar claramente entre todo aquello que pertenece a lo sucedido en el ámbito de su relación de pareja de todo aquello que se corresponde con el ejercicio de su responsabilidad parental. No permitiéndose, en ningún caso, que lo ocurrido en una de esas dimensiones impregne lo que debe suceder en la otra. Otros, desafortunadamente, no pueden elaborar adecuadamente el dolor que les supone la ruptura impidiéndoles el fuerte componente emocional con el que vivencian la experiencia ejercer sus funciones como padres sin correr el riesgo de dañar el desarrollo evolutivo de sus hijos.

En todo caso el esfuerzo por conseguirlo a través de una mediación familiar siempre merece la pena puesto que incrementa considerablemente las probabilidades de que algún día se pueda volver a desarrollar esa responsabilidad de una forma compartida.

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